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EL SEIS DOBLE
martes, 6 de abril de 2010
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 Verosimilitud
Relato literario de José Burgos Lancero

“Estaba tan dolido que la botella de whisky le acompañó mientras pensaba y, en cierto modo, le ayudó a que aquella idea que se formaba en su cabeza no le diese miedo”

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 Ventanas y otros sentimientos


José Burgos Lancero

 

No puede ser. Pensó. Ella lo había hecho, otra vez. Todo el amor que sentía hacia ella se estaba convirtiendo en odio. Tenían tres hijos, habían fundado una empresa juntos y habían comprado una cama de medio cuerpo que utilizaban como cama de matrimonio porque tenían que comprar camas para los niños, ellos eran primero, se creían buenos padres.

Su hija mayor estaba a punto de ir a la universidad, le habían ayudado siempre, le habían aconsejado lo mejor posible, iba a estudiar medicina, estaban orgullosos de ella, habían luchado para que no le faltase nada nunca.

El hijo mediano era un completo deportista, amaba el futbol, tenía doce años y desde los seis ella lo había estado llevando a jugar los partidos aunque en realidad había sido él quien quería que practicase aquel deporte. La niña pequeña era un cielo, un bombón regordete y espabilado que empezaba a caminar y a decir sus primeras palabras. Su primera palabra fue “Mamá”. No lo había dicho, pero mejor que hubiese dicho primero “Papá”. Eso siempre le había hecho sentirse mal. ¿Por qué decía “Mamá” primero, si mamá lo había vuelto a hacer?

La empresa de publicidad la habían conseguido levantar de la nada, con el capital que dos jóvenes disponían, que no era más que el amor mutuo y la ilusión que sentían. Hacía poco que los bancos los habían dejado de asfixiar para que acabasen de pagar las deudas que no querían cobrar en amor e ilusión.

Iba todo sobre ruedas, lo habían sacado todo adelante; pero, por alguna razón, ella lo volvía a hacer. ¿Por qué lo volvía a hacer? ¿Por qué a él? ¿Por qué cada día? No obtuvo respuesta. Al poco tiempo se decantó por que a ella le gustaba verle sufrir. Era la única explicación.

Desde hace un par de años, fuera de su familia, todo el mundo le trataba con una artificialidad que él no comprendía. Se había refugiado totalmente dentro de su familia, el resto del mundo parecía odiarle. Le habían recomendado que se encargarse únicamente a ella de la relación con los clientes. Él, vista su incapacidad para tratar con la gente, aceptó.

Seguía sin entender por qué aquella gente lo trataba con esa plástica y fría amabilidad, la misma con la que se trata a un desconocido, o a un enfermo. Volvió a la mente su mujer, ahora ya la odiaba por completo, después de todo lo que habían conseguido juntos y ella… Ella se volvía a acostar con otro hombre delante de sus narices.

Le resultaba incompresible como, mientras él acostado sobre lo la cama leía tras las gafas de lectura un artículo del Street Journal, ella podía estar practicando el sexo con alguien en la misma cama. Seguro que era el padre de algún compañero del equipo de futbol de su hijo, debía de haberlo llevado él siempre, no aquella puta. Pensó.

La cama de medio cuerpo era tan estrecha que le pareció escuchar sus gemidos y ver sus pechos como si fuese él quien estaba bajo su mujer, pero sobre él solo estaba el Journal Street y la foto de aquel articulista de mediana edad y pose de bohemio con la mano derecha cerrada sobre su mentón en actitud pensadora. Estaba el periódico y la pasividad con la que él vivía aquello. Después, posiblemente, se quedaría dormido con las gafas puestas.

Estaba tan dolido que la botella de whisky le acompañó mientras pensaba y, en cierto modo, le ayudó a que aquella idea que se formaba en su cabeza no le diese miedo. Llenó otro vaso de whisky -el hielo ya se había derretido, pero no le importó-, se lo bebió de un trago.

La iba a matar, sí, lo tenía claro. Sin preguntas, cuando entrase por la puerta le lanzaría lo primero que tuviese en la mano. Mientras, tocaba suavemente la hoja del cuchillo de cortar jamón encontró sobre  la mesa de la cocina la sentencia del maldito tribunal psiquiátrico. Hombre, 42 años. Trastorno agudo de personalidad, se recomienda hospitalización preventiva urgente.

- Malditos bastardos mentirosos, ¿yo, un loco, un demente? -se preguntó-.

-No hagas caso, sabes que no, nos odian -volvió a susurrar con la mirada perdida en el pomo de la puerta de entrada que empezaba a girarse-.


 


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ArticulistasJosé Burgos Lancero
SeccionesAmigos de LarraRincón literario

Comentarios de nuestros usuarios a esta noticia

Anónimo - 07/04/2010
Enhorabuena por el relato, reflejas la situación del hombre muy bien y el final que queda abierto es algo imprevisible pero muy bueno.
juan - 07/04/2010
A mí la verdad que también me ha gustado bastante. Enhorabuena al autor.
Miguel - 08/04/2010
¡Saludos desde Madrid! Me ha parecido una muy buena narración que te engancha muy rápido animándote a seguir leyendo de principio a fin, y el final simplemente imprevisible, no me lo esperaba para nada
dario franco beltran - 09/04/2010
Jose tio, estas fet un artista aquesta narració es impresionant espere que tingues futur en açó xk que obra de art che
Jéssica - 12/04/2010
Enhorabona Jose, açò sols es el principi d'un llarg recorregut, ànim!!!
Anónimo - 19/04/2010
ese josee! que crack xe, manrecorde kuan mel llegires pel carrer anant al poli! un fenomeno :)
miaulo - 03/05/2010
m'he quedat a quadros tio, algún día seras un gran escritor, encara que ja eres un maquina!

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