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EL SEIS DOBLE
domingo, 6 de enero de 2013
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 El coleccionista de sonrisas
Un relato de Rafael Clari

Un cuento para la mañana de Reyes

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JD800060Todas las navidades lo mismo.

Apenas recibía sus regalos ya estaba repartiéndolos entre los demás. No había niño pobre en la ciudad que no tuviese uno de sus juguetes.

Había sido imposible convencerlo de que conservara aquellos regalos más valiosos. Siempre terminaban en las manos de quien menos se esperaba. Ese caballito de madera, esa peonza que hacía saltar chispas o ese gran camión con volquete, en el que podía montar el niño y ser la envidia del vecindario.

Lo peor para sus padres era pensar en su futuro. Como una enfermedad, su afán por hacer llegar sus regalos a los demás traía de cabeza a cualquiera de la familia, así como a los mejores amigos de los padres. Ya era clásico que vinieran a devolver tal o cual juguete. Para más desgracia parecía tener un sexto sentido que le ayudaba a encontrar a la persona con menos ética de la zona como consejero. Era bondadoso, tierno y amable y en esas nadie pensaba que podría mantener la tradición familiar. Ese enorme patrimonio que un día quedaría relegado a su custodia.

Así me contó mi amigo que era su abuelo, un maldito loco que se encargaba de dilapidar todo aquello que caía en sus manos. Decía coleccionar sonrisas. Prefería el brillo fugaz de una sonrisa y ver como su juguete hacía danzar a los demás niños que jugar él mismo. En el fondo era un juego, un juego como otro cualquiera pero, a fin de cuentas, una manera de obtener alegría de los juguetes.

Una de las noches en que acudían sus Majestades despertó. Los escuchó trepar por el balcón de la casa. Al acercarse un fuerte olor a animales le reveló que sin duda se trataba de ellos. Cuando entró en el comedor los sorprendió dejando los regalos. Le dolía y no entendía la razón de que fueran tan generosos con él y tan mezquinos con otros niños. Tampoco acertó a decir nada. Simplemente sonrió y su sonrisa contagió a los tres intrusos que le devolvieron la sonrisa. El más bajito de ellos le pidió disculpas:

“Siento el primer regalo que te hice”, le dijo con una voz infinitamente tierna, “eealmente no era para ti, pero te lo quedaste y no he podido arrebatártelo”.

“¿Cuál fue ese regalo?”, replicó el niño.

Te regalé un corazón grande, muy grande, como el que dejamos en casa de los niños pobres que hace que cualquier regalo les haga sonreír. A ti te ha llevado a regalar tus cosas a los demás, a desear las sonrisas de los demás y, lo peor, es que, a causa de ello, eres el único que no es capaz de comprender los regalos que dejamos en casa de los niños pobres. A la mayoría de niños ricos les dejamos regalos caros pues tienen un corazón pequeño incapaz de obtener la felicidad de un regalo pequeño.

Por eso también son incapaces de entender la sutileza del sufrimiento ajeno que tú si puedes notar.

Cuando este niño, su abuelo, contaba esa historia nadie le creía.

Con el tiempo regaló su tiempo; sus órganos, aunque no sirvieron a nadie; su casa; su comida y su lecho. Mi amigo creyó haber sido olvidado por su abuelo. Pensó que no era más que un borrón en su vida y se sintió detrás de todos esos a los que ayudaba.

Con el paso de los años llegó su abuelo a anciano. En estas circunstancias apenas podía valerse por sí mismo. Ese niño que lo había dado todo estaba sin nada. Tenía muchas historias y muchas sonrisas. Con el tiempo inmortalizó algunas con su cámara. Ese era su único tesoro unos recuerdos y unas fotos. Vamos, al menos eso creyó él.

Una hermosa mañana de primavera partió, lo descubrieron esa misma tarde, se dibujaba en su cara una sonrisa, la única que no pudo llevarse consigo. Las demás seguro que le acompañan allí donde se encuentre. Sus manos cerradas tenían un papel, una especie de carta. Cuando la abrimos quedamos asombrados por lo que decía. Podía leerse; “Gracias, gracias por el mejor regalo que me pudisteis dar; un corazón capaz de apreciar lo que realmente es importante en la vida. Nos vemos pronto. A ti, mi nieto, permíteme que te aconseje lo que debes poner en tu carta: pide un corazón como el mío. Un corazón grande, no lo pienses, no es el juguete más bonito, pero es el único que puede darte la felicidad. Tu abuelo que siempre te ha querido”.

 


                          
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ArticulistasRafael Clari
SeccionesRincón literario

Comentarios de nuestros usuarios a esta noticia

Mirna - 07/01/2013
Me ha recordado mucho a mi abuelo.
Ya se que es un cuento, pero en estas fechas muchos estamos más sensibles y esta historia, me ha hecho saltar las lágrimas, sobre todo el final.
Juan Vcte. - 07/01/2013
Despues de leer el relato, lo he vuelto a leer con mi hija... cuando lo ha terminado de leer...nos hemos mirado a la cara...y seguidamente me ha dado un abrazo. ¡¡Ese es mi gran regalo!! Gracia por regalarnos este relato Sr. Clari.
RafaelClari - 08/01/2013
Me alegro de que haya gustado.
Más aun, si sirve para unir más a padres y a hijos.
Hay que disfrutar de los padres el tiempo que estén entre nosotros y de los hijos mientras nos dure a nosotros la cuerda.
Lamento si ha provocado algún recuerdo doloroso, pero en estas fechas eso, es difícil de evitar.
Gracias a todos los que lo han leído y más si cabe a los que se han emocionado con él.

Un fuerte abrazo y feliz año a todos.

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